lunes, 8 de noviembre de 2010

Capítulo XIV (Parte II)

-Oh, Dios, ¿qué me has traído? Más días, más alcohol para este inmundo corazón.
-¿Qué dices, Cosow?
-¿Qué? No, nada. Tonterías.
-De acuerdo, ¿dónde quieres ir?
-Vamos a mi casa, quiero verla por última vez.

Ella pagó las copas, las siete del muchacho más la suya, y se pusieron en marcha. No era mucha distancia entre ambos lugares pero aún así se pusieron a hablar como si dispusieran de horas a su antojo. Hablaron sobre el mundo, el universo, las estrellas…

-¿Por qué nacerán las estrellas?
-Para hacerte recordar que no eres nada.
-¿No?
-Nadie.

La muchacha quedó paralizada, aturdida por las palabras de su amigo en ese momento, viéndolo observar su portal soñando despierto.

-¿En qué piensas?
-En lo efímero que es todo -el muchacho miró al suelo mientras continuaba hablando-. De repente observas tu madurez, ya has dejado de ser niño y ahora ves que no has cumplido con ninguno de tus sueños que de pequeño soñabas con realizar.
-Miro al pasado a menudo e intento complacer a mis fantasmas, a mi pequeña yo.
-Mis fantasmas están asustados arropados entre las sábanas.
-¡En qué mundo te ha tocado vivir, Cosow! Habrías sido una celebridad en otra época.
-Puede, pero no guío mi vida por lo que pude ser si no por lo que puedo ser a día de hoy.

Ambos enmudecieron y sólo rompió aquel silencio incómodo las palabras de Sêra sugiriendo el irse de allí y llegar temprano a casa. Eran las 3:58 de la madrugada y las farolas encaminaban a los jóvenes entre la niebla que se había formado ese día en ****. Atravesaron toda la ciudad hasta llegar al bosque, continuaron y llegaron a su casa.

-Bueno, yo me quedo aquí; suelo dormir fuera.
-Está bien, pues hasta mañana.
-¡Cosow! ¿Quieres dormir aquí, conmigo?
-¿Dormir contigo? Como quieras.
-Ven, acércate y ponte cómodo; voy a por unas cuantas mantas grandes para los dos.

Cosow se sentó en un colchón que había en el suelo, en el exterior. Aquella noche estaba especialmente bañada por la dulzura y brillantez de la Luna y los astros que vivían junto a ella en la inmensidad del espacio. A menudo solía cavilar sobre el universo, los porqués de todo, si habría vida o no fuera de la Tierra; y, sobre todo, le fascinaban los monstruos del cosmos: los agujeros negros. Eran una fuente de creatividad que emanaba inspiración convulsivamente, al revés de su efecto con la realidad, la luz y con todo lo que abarcaba su radio de destrucción.

-Es que no quiero dormir sola.
-Tranquila; si no tienes sueño, estaré contigo hasta que amanezca.

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