-No, no lo sabía; supuse que me odiarías después de lo que le hice al gilipollas ese.
-Cosow, por favor, ya basta. Quedamos en que lo olvidaríamos; o que haríamos como si Tràdare no hubiera entrado nunca en nuestras vidas.
-¡Claro, como a ti ya te entró una cosa suya!
-No me entró nada, Cosow; de verdad.
-Bueno, si tú lo dices… En fin, ¿tienes que hacer algo hoy?
-Estudiar, pero creo que encontraré un hueco para lo que me propongas.
-Puedo proponerte una segunda oportunidad, por ejemplo.
-Acepto, por supuesto.
Cosow se dispuso a besarla. Fue acercándose poco a poco y, cuando estaba casi rozando sus labios, inhalando su aliento y haciéndolo formar parte de sus pulmones, ella se apartó alegando que no está preparada, que quería hacer las cosas bien y despacio. Él se apartó lentamente y sonriendo.
-Vale, lo entiendo. No tengo prisa, aguanto el tiempo que necesites.
-Muchas gracias, no soy muy romántica ni muy sensible, así que sabrás el tiempo que te espera, ¿no?
-Sí, pero si tú lo necesitas yo no tengo absolutamente ningún problema.
-¿Quieres venir a mi casa?
-¿Cuándo, hoy?
-Sí.
-De acuerdo, sobre las cinco me paso por allí.
-Hasta luego, entonces.
-Muchas gracias, no soy muy romántica ni muy sensible, así que sabrás el tiempo que te espera, ¿no?
-Sí, pero si tú lo necesitas yo no tengo absolutamente ningún problema.
-¿Quieres venir a mi casa?
-¿Cuándo, hoy?
-Sí.
-De acuerdo, sobre las cinco me paso por allí.
-Hasta luego, entonces.
Dôrya le dio un beso en la mejilla y recogió su abrigo de la silla partiendo hacia su casa. Cosow se quedó allí esperando a que pasaran las dos horas que faltaban para su encuentro. Cuando la vio a través del cristal se fijó en que se avecinaba tormenta. Amaba esos días grises que amenazaban con cernirse sobre las cabezas de los habitantes de aquella ciudad y que la lluvia imitaba el llanto intenso de un niño recién nacido. Salió del bar corriendo hacia Dôrya y se colocó hacia su lado sin que se diera cuenta, miró hacia el cielo y comenzó a hablarle sin mirarla ni un segundo.
-¿Lloverá?
-Probablemente, ¿no ves las nubes? pero ¿tú donde vives?
-¿Yo? En mundos paralelos.
-¿Así que vives en un mundo paralelo?
-Exactamente es el lugar donde de alquiler suelo hacer mudanza -respondió con un guiño como sólo él sabe hacer-.
-¿De alquiler hacer mudanza? ¿A qué te refieres?
-Que de algo efímero suelo hacer algo eterno.
-A ver si es verdad.
-¿Cómo?
-Nada, me voy. Te veo luego.
-Probablemente, ¿no ves las nubes? pero ¿tú donde vives?
-¿Yo? En mundos paralelos.
-¿Así que vives en un mundo paralelo?
-Exactamente es el lugar donde de alquiler suelo hacer mudanza -respondió con un guiño como sólo él sabe hacer-.
-¿De alquiler hacer mudanza? ¿A qué te refieres?
-Que de algo efímero suelo hacer algo eterno.
-A ver si es verdad.
-¿Cómo?
-Nada, me voy. Te veo luego.
Vio a Dôrya alejarse bajo la lluvia apoyado en el cristal del Pulce pensando en ella, siempre en ella, en su pelo, sus ojos, su sonrisa, la felicidad que le producía y la multitud de sensaciones que ella le provocaba con simplemente una mirada. No volvió dentro del bar, pasó las horas que debía aguardar fuera, en manga corta y con la lluvia cayendo sobre su cuerpo, empapando su cara, definiendo cada parte de su cuerpo con extrema cautela y veracidad y fluyendo, como el alcohol y la promiscuidad por las venas de Henry Hank Chinaski.
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